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14.05.2015 | Sociedad
Claroscuros de la sociedad Argentina
es difícil tener una imagen acabada de la sociedad argentina actual. En un sentido, perduran secuelas de la década del noventa y la crisis de 2001, en particular núcleos de exclusión perennes, infraestructura social insuficiente y desigualdades profundas en múltiples esferas de bienestar. Pero a su vez, desde los años noventa y sobre todo a partir de 2003, se han producido procesos de signo inverso que, en conjunto con lo anterior, van configurando la estructura social de la Argentina del siglo XXI. Este artículo se propone reflexionar sobre algunas de estas tendencias contrapuestas.
LUCES Y SOMBRAS DE LOS DATOS Un primer rasgo de nuestra sociedad es que los indicadores sociales han experimentado una mejora en la última década. Los Objetivos de Desarrollo del Milenio son una serie de metas que, en el marco de las Naciones Unidas, los países acordaron en 2000 para alcanzar a mediano plazo, con una evaluación de medio término para 2007. En 2009 el Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA) en la Argentina realizó una revisión de varios tópicos. Allí se destaca que en temas tales como las condiciones de indigencia y de pobreza, la escolarización del nivel inicial, la desocupación, la presencia femenina en los ámbitos educativos superiores, la vacunación de niños pequeños, entre otros, la Argentina se encuentra en una situación aceptable y se han alcanzado las metas propuestas para el año 2007. Incluso las tendencias observadas permiten prever que se lograrán los objetivos en los plazos propuestos.

Ahora bien, estos avances se refieren a datos agregados, es decir, una cifra para el total del país, pero no informan sobre lo que sucede si se comparan distintos grupos sociales o regiones. Tomemos, por ejemplo, la mortalidad infantil: durante los años noventa las mediciones mostraban mejoras en las provincias más ricas y deterioro en las más pobres. La distancia entre provincias ricas y pobres aumentó a la par que el dato en forma agregada mejoraba, sin dar cuenta de la desigualdad interna. A su vez, en este y otros indicadores sociales, la Argentina se encontraba, tres décadas atrás, en una mejor situación que la mayoría de las naciones latinoamericanas. Cuando se comparan los desempeños a lo largo del tiempo, se observa que muchos de estos países han logrado un avance mayor que el argentino. Así, entonces, siguiendo con la mortalidad infantil, Chile o Costa Rica en 1980 ostentaban tasas de mortalidad mayores que las nuestras y en años recientes mostraban niveles más bajos. Es que un indicador global puede mejorar en un período dado, a pesar de registrarse desigualdades crecientes entre grupos sociales o regiones, así como peores desempeños que otros países.

¿EL FIN DE LA MOVILIDAD SOCIAL? Los estudios de movilidad social en la Argentina de los años sesenta, entre ellos Política y sociedad en una época de transición, de Gino Germani, mostraban una situación casi única en el mundo: la mitad de los hijos de obreros habían ascendido a ocupaciones de clase media en solo una generación. A pesar de la imagen de empobrecimiento generalizado, los trabajos posteriores sugieren que la movilidad ocupacional y social si bien jamás alcanzó tal intensidad, nunca se detuvo. Raul Jorrat, en un artículo publicado en la revista Lavboratorio, en 2005, registra en las últimas décadas una mayor movilidad ocupacional intergeneracional que en el pasado por la entrada de la mujer al mercado de trabajo. Por su parte, Pablo Dalle, en una investigación editada en la Revista de Trabajo el año pasado, muestra que, en la última década, la movilidad ocupacional ascendente ha sido mayor que la descendente, aunque con menos posibilidades de movilidad de largo trecho. Esto significa que, para un niño nacido en los sectores populares es ya muy difícil alcanzar las posiciones de mayor prestigio, aunque todavía puede aspirar a una ocupación un poco mejor que la de sus padres. Ahora bien, si se trata de una niña, esta tiene más oportunidades que sus predecesoras de obtener un mejor puesto de trabajo. En suma, estamos ante una sociedad más cerrada que la anterior para los hombres, pero más abierta para las mujeres, lo cual nos obliga a cuestionarnos para quién efectivamente era más igualitaria la sociedad argentina en el pasado.

EXPANSIÓN Y DESIGUALDAD EDUCATIVA Desde 1990 se registra un incremento incesante de la cobertura educativa. El nivel de asistencia a la escuela secundaria de los jóvenes pertenecientes al 30% más pobre de la población era del 53,3% en 1990, contra el 74% en 2003, según datos del Sistema de Información de Tendencias Educativas de América Latina. O sea, aun en los peores años de la reforma neoliberal y de la crisis, la cobertura educativa aumentó. Pero en esta esfera también la desigualdad es central. Entre las mismas instituciones públicas hay grandes diferencias de resultados, infraestructura y salarios docentes, en particular en lo que respecta al nivel de inversión provincial en la materia. En efecto, se registran diferencias de gasto por alumno de diez veces si se comparan las provincias que destinan más recursos y las que destinan menos. Otro tema central concierne a la calidad educativa consignada por las pruebas internacionales para la evaluación de alumnos, como PISA: según datos extraídos de Radiografía de la educación argentina (Rivas, Vera y Bezem, 2010) comparando 2000 con 2006, la Argentina es el país que más descendió y que presenta a su vez un grado de desigualdad interna más alto que los otros países de América latina o de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). En la edición 2009 de esta prueba, se registraron avances respecto del año 2006, si bien la situación dista de ser la deseable.

A este último rasgo, se puede superponer otro de signo positivo: la apertura de universidades nacionales, gratuitas y de muy buen nivel, en el Gran Buenos Aires y en distintas provincias, dirigidas a una población antes excluida de este ciclo. En ellas se están conformando nuevas generaciones de profesionales pertenecientes a sectores populares, en muchos casos los primeros universitarios de sus familias. También en años recientes se han creado nuevas modalidades de cursada para aquellos que en algún momento han desertado del ciclo medio y luego quieren retomar sus estudios, como las llamadas escuelas de reingreso. Por su parte, la sociedad protagonizó experiencias educativas innovadoras: movimientos de desocupados y fábricas recuperadas, con la colaboración de educadores, han innovado en las formas escolares con notable éxito. En todo caso, lo que sucede con la educación es un proceso complejo que combina un incremento de la cobertura en todos los niveles escolares, nuevas experiencias escolares, pero también una disminución de la calidad y un sistema claramente desigual.
PARA UN NIÑO NACIDO EN LOS SECTORES POPULARES ES YA MUY DIFÍCIL ALCANZAR LAS POSICIONES DE MAYOR PRESTIGIO, AUNQUE TODAVÍA PUEDE ASPIRAR A UNA OCUPACIÓN UN POCO MEJOR QUE LA DE SUS PADRES.

UNA SOCIEDAD MÁS ABIERTA En fin, ha habido además un gran cambio en relación con el género, la diversidad y la discriminación, que también impacta en la desigualdad. Se han sancionado nuevas leyes y se ha producido un giro cultural de importancia. Sobre todo en los últimos quince años se han promulgado leyes sobre cuotas de cupo femenino en la política, contra distintas formas de discriminación, contra la violencia doméstica y de habilitación del matrimonio entre personas del mismo sexo. Más recientemente se ha reglamentado una nueva ley de migraciones, que reconoce numerosos derechos a migrantes. ¿Hasta qué punto estas medidas implican una disminución de la desigualdad? Es aún difícil de saber. Solo contamos con cifras en el caso de género: según la ya mencionada revisión del UNFPA, si bien los logros son aún insuficientes, se observa una tendencia a la reducción de la brecha de ingresos entre los géneros y a una mayor presencia femenina en los ámbitos sociales, políticos y económicos. En todo caso, es muy probable que el conjunto de leyes y una sociedad que se ha hecho más abierta, contribuyan a una disminución de la discriminación y, por ende, generen una mayor igualdad entre las personas. Pero no sería correcto afirmar que todas las formas de discriminación se han vuelto más inaceptables que en el pasado. La Argentina, como el resto de los países de América latina, registra un incremento del delito y de la preocupación por el tema. Una de las consecuencias de ello es lo que llamamos “presunción generalizada de peligrosidad”. Se trata de una decodificación de las eventuales amenazas en todas las interacciones y espacios, intentando reconocerlas por gestos, rasgos o silencios, y apelando a dispositivos para detectar los peligros y mantenerlos a distancia.

Una de sus consecuencias es el aumento de la sensación de discriminación entre quienes son evitados, en particular jóvenes de sectores populares. Tanto es así que una investigación del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, en cuatro ciudades del Mercosur –Buenos Aires, Río de Janeiro, Asunción y Montevideo– señala que la percepción de discriminación era mayor en la capital argentina. No creemos que objetivamente la discriminación sea mayor en Buenos Aires, pero no dudamos de que la sensibilidad local frente al tema sea muy alta, debido a la fortaleza relativa de los legados históricos de igualdad y los más novedosos avances en el respeto por (casi) todo tipo de diferencias.
ESTAMOS ANTE UNA SOCIEDAD MÁS CERRADA QUE LA ANTERIOR PARA LOS HOMBRES, PERO MÁS ABIERTA PARA LAS MUJERES, LO CUAL NOS OBLIGA A CUESTIONARNOS PARA QUIÉN EFECTIVAMENTE ERA MÁS IGUALITARIA LA SOCIEDAD ARGENTINA EN EL PASADO.

Y así llegamos a la pregunta sobre el presente: ¿cómo caracterizar a la sociedad argentina? ¿Cómo dar cuenta de sus tendencias contrapuestas? Según vimos, existe una desigualdad social persistente, pero también procesos que en ciertos planos hoy pueden atenuarla; una disminución de muchas formas de discriminación pero la aparición de otras nuevas en torno a sentimientos de peligrosidad con una clara connotación de clase. Asimismo, aumenta la visibilidad de identidades que antes no se consideraban legítimas y se acuñan nuevos derechos y se registra una incesante expansión de la cobertura educativa ¿Qué define entonces a esta sociedad? Sin lugar a duda, todo esto: la desigualdad y el consumo, la potencia cultural de sus ciudades y las formas de marginalidad existentes, las resistencias a los procesos de exclusión y sus reformulaciones políticas creativas. Esta diversidad, esta heterogeneidad de fuerzas, identidades y tendencias constituyen la prueba de su vitalidad y en ella se asientan tanto la posibilidad de una mirada optimista sobre el futuro, como las razones para elevar nuestra voz por las deudas sociales aún no satisfechas.

por GABRIEL KESSLER Sociólogo, investigador del CONICET - Universidad Nacional de La Plata
Artista invitado JUAN ANDRÉS VIDELA
 
 
 
 
 
 
 
 
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