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23.06.2014 | Gumersindo Meiriño Fernández
Una sorpresa agradable
Recién me acaba de dar la noticia. Con mucha alegría en su corazón y en su rostro me dice: ─Mi sobrina llega de visita inesperadamente, pero no quiere que le diga a nadie, ni a su madre ni a su padre.
Me llamó a mí en secreto, que soy su tío de confianza para avisarme, no más.
En seguida viene a mi memoria aquel otro hijo, que estaba adaptándose a su nueva vida en un país muy lejano, y de pronto, se presentó en la casa de sus padres. Estos quedaron de piedra, preocupados y sorprendidos. El hijo les decía cada dos minutos: ─Parece que no se alegran de verme. Ellos respondían: ─sí, pero, ¿estás bien?, ¿te fue bien?, ¿por qué vienes ahora?
O aquella madre, que cuando vio a su hijo, después de varios años ausente, le subió la presión, se desmayó y tuvieron que llevarla a un Centro Médico.
El que les escribe cuando era jovencito hizo, al tener alguna posibilidad de ir a ver a mis padres, intentaba sorprenderles con una visita de sorpresa. Después de dos o tres ocasiones, me di cuenta de que el que disfrutaba del viaje sorpresa, sobre todo del “antes”, era yo. Pero no mis padres ni mi familia, porque ellos me recibían amablemente, pero sorprendidos. Luego estaba poco tiempo y la alegría de recibir al hijo para ellos duraba unas pocas horas. Descubrí, desde esta experiencia, que la sorpresa no tenía sentido, más que para decir, “¡cuánto me extrañan! ¡Qué importante soy para ellos!”.. Descubrí, desde esta experiencia, que avisándolos con el tiempo suficiente, luego de confirmar el viaje, iban disfrutando el “antes”, esperándome y era mucho más grato el encuentro. A parte de que preparaban la recepción del invitado.
En el siguiente viaje, llamé por teléfono a mi mamá avisándole que llegaría tal día. La voz le cambió, empezó a preguntarme si necesitaba algo y que me estarían esperando. Comparé el resultado de cuando llegaba de sorpresa, a cuando avisaba. Cuando llegaba de sorpresa, mamá me decía, “voy a preparar la habitación, voy a limpiar, voy a….” cuando llegué, previo aviso, mamá decía, “tu papá te te estaba esperando para tal cosa, puedes ir a la habitación ya está encendida la calefacción, hoy cociné lo que tanto te gusta, te estábamos esperando…
Puede que en algún caso puntual una sorpresa sea agradable. Recuerdo la pequeña sorpresa que le hicieron a mi buen amigo Raúl, cuando cumplió ochenta años, padeciendo un cáncer terminal. Fue “sorpresa” porque él no quería la fiesta, pero siguió, desde la distancia, o cómo la organizaban. Luego la disfrutó con todos sus familiares cercanos y amigos, celebró su cumpleaños y, al mismo tiempo, era un secreto a voces, sintió con qué cariño lo despedían, dada su enfermedad terminal.
La verdadera sorpresa es ver el progreso de las personas. Ir a ver a los seres queridos y que te comenten: “está más tranquilo, tiene más paz, es más educado, cuánto cambió … y, para bien”… En lo demás, por experiencia, siempre que sea una buena noticia es preferible avisar y prepararse, para regocijarse con el antes y con el ahora de una visita, que se convierte en una sorpresa agradable.

Gumersindo Meiriño Fernández

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