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24.05.2012 | EL “HOMBRE ARTIFICIAL” EN LA SOCIEDAD CONTEMPORANEA
Hijo de Frankenstein
Por Diana Sahovaler de Litvinoff *

Pensamos en Frankenstein. Cuando hablamos de clonación, de manipulación genética, del proyecto de decodificación del genoma humano, de los alimentos transgénicos, de implantes de fragmentos de cuerpos muertos en otros vivos, pensamos en Frankenstein.
El motivo del “hombre artificial” en mitos, relatos y películas, se relaciona con la necesidad humana de superar los propios límites. Pero la alarma suena cuando este producto se vuelve contra quienes lo crearon. Lo “inhumano” del monstruo de Frankenstein debe aludir a algo muy humano, ya que se ha convertido en una figura que sigue atemorizando a chicos y grandes, que vuelven a rechazarlo sin querer saber nada de desamores que enfurecen, de pulsiones descontroladas y de aquello que, enfrentados al engendro, ni siquiera se puede nombrar.

La peligrosidad de la criatura radica en que es un ser que actúa como humano pero que tiene una apariencia y un origen no humanos. El monstruo es más que un autómata y lo difuso de los límites no hace más que apuntar a los interrogantes que tenemos acerca de qué es lo que nos mueve: cuánto de libertad o de automatismo, de humanidad e inhumanidad, de simbólico e innominado constituye nuestra esencia. Y plantea la desaparición de los límites entre realidad y virtualidad.

Todo sujeto es responsable de una creación que, en mayor o menor medida, escapa a su control y lo determina desde las tinieblas: esa creación es su respuesta inconsciente a cuál es su lugar en el mundo, qué debe hacer para responder a las expectativas de los otros, de qué manera ser querido y aceptado. Esto nos da una meta, nos saca de la nada, pero inevitablemente nos coloca en posición de objeto frente a lo que creemos que son las demandas de los otros. De la posibilidad de conocer y cuestionar esta posición dependerá nuestro grado de libertad.

Con un discurso descarnado y realista, la sociedad del presente ofrece, como sinónimo de felicidad, objetos y, al mismo tiempo, considera al sujeto como un objeto más para ser medido, comprado, manipulado. Es un discurso que toca un núcleo de realidad y potencia el punto donde somos objeto, donde no hay más que un otro imponiendo su deseo, su voluntad y su violencia para determinar qué somos. Fomentar una eterna insatisfacción, una búsqueda sin encuentro que lleva al consumo y descarte de objetos, esta coerción tiende a objetalizar cada vez más al sujeto, uniformarlo, programar e influir sobre sus expectativas.

Como el hijo de Frankenstein, el sujeto actual se siente diferente y, a riesgo de ser repudiado si se manifiesta como tal, existe un modelo acotado de cómo debe ser en su presentación corporal, su forma de vestir, sus ideales y la diferencia suele verse estigmatizada y castigada. Pero al igual que en la novela, el “muñeco” cobra vida propia y se independiza; con materiales prestados se arma una construcción inédita que adquiere un margen de libertad y reclama voz propia. Solo e inseguro, debe esconderse tras los objetos aceptados en forma consensuada, para espiar desde allí el mundo en su amplitud; puede verter su pensamiento a través de Internet en forma anónima o sumarse a expresiones de aceptación o condena a través de “cadenas de opinión”; puede amar con apasionamiento tras un personaje resguardado en la distancia virtual. A pesar de todo, el sujeto no deja de hablar, reclamar reconocimiento, amor o desquite, en una búsqueda con la que resiste la presión hacia la anomia.
 
 
 
 
 
 
 
 
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