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07.07.2010 | MEDIOS Y COMUNICACION
Diego
Campeonato mundial. Días de fútbol. La victoria y la derrota. Diego y su equipo. Los periodistas, los jugadores, el espectáculo. Tampoco estos temas escapan a la consideración posible desde diferentes perspectivas de la comunicación. Pablo Castillo lo analiza, en torno de la figura de Maradona, pero entendiendo al fútbol como constructor de narrativas y articulador de identidades. Daniel Fabián desde la relación entre periodistas y jugadores y la imposición a estos últimos de ser también comunicadores.
La imagen de Maradona en la conferencia de prensa en Ciudad del Cabo después del partido con Alemania hablaba por sí misma. La desventura reactualizaba fantasmas que se pensaban que estaban desactivados en medio de la euforia y las ilusiones de los últimos veinte días. Ni siquiera había espacio ni voluntad para recrear cierto espíritu provocativo, al estilo del Angel Gris: “Humildes en la victoria para ser soberbios en la derrota”...

“Tristeza nao tem fim”, sentenciarían los brasileños. Durante más de veinte años, leímos a través del 10 los modos en que se configuraban y se frustraban proyectos personales, sectoriales y colectivos. A veces interpelando a un barrio. Otras, a la Nación y al mundo. Escenario privilegiado donde se procesaban, disputaban y renegociaban los multidiscursivos sentidos de lo que se entendía por la Patria.

La academia seguramente nos explicará cómo se conforma y se legitima una “comunidad afectiva” a través de la combinación de una carga emocional, una dimensión simbólica y una afirmación identitaria. Los estudios sociales no podrán encontrar respuestas a por qué nos entraron en los primeros dos minutos con una pelota parada o los sufrimientos que debimos soportar, por tener un mediocampo descompensado.

El rito siempre tensa y estructura el lazo social: “resuelve el conflicto o comprueba su imposibilidad”, explicaba Víctor Turner.

Cuando era chico veía por la tele en blanco y negro una película de 1948, que se llamaba Pelota de trapo. La repetían al menos una vez por mes. Casi al terminar, el protagonista, el crack, que personificaba Armando Bo, sufría una afección cardíaca. Esto provocaba que su amigo y descubridor –una especie de representante moderno– buscara impedirle que jugase el tiempo suplementario de un partido decisorio contra Brasil por la Copa Su- damericana. Ante esta situación, el personaje de Bo, mirando la bandera argentina que flameaba en el campo de juego le decía: “Hay muchas formas de dar la vida por la Patria. Y ésta es una de ellas”. De más está decir que en esa época el cine argentino estaba lejos de las influencias francesas y la película tuvo (como debía ser) un final feliz.

En la vida real esto no siempre fue así. Tucho Méndez, héroe mítico del Sudamericano ganado en Chile en 1945, con apenas 22 años (uno menos que Messi), terminó sus días como empleado de la cuadrilla municipal de las Piletas de Núñez, en lo que hoy se conoce como Parque Norte. René Houseman, el loco, ex campeón del mundo, el que se fue ofendido de Excursionistas porque allí le dijeron que los villeros no podían llegar a Primera, deambula sin un peso por la vida.

Maradona fue el último que pudo material y simbólicamente pelearle a esa crónica anunciada. Y quizá nos acostumbró a que siempre es posible reinventarse. Las historias post Sudáfrica ya no volverán a recorrer esos carriles, casi mitológicos. La desterritorialización, la reformulación de los estados nacionales a la luz de la globalización y de la mundialización parecen bloques argumentales determinantes. Los destellos en la cancha de Fuerte Apache suenan conmovedores pero definitivamente insuficientes.

Tal vez, podemos conformarnos diciendo que todos esos personajes fueron tributarios o herederos –en uno u otro sentido– de un país más inclusivo, donde el ascenso social funcionaba como lógica simbólica en la percepción y en los sueños de amplios sectores populares.

Que si la Argentina decide definitivamente seguir construyendo su destino en esa dirección habrá tiempo para nuevos –aunque distintos– héroes que expresen, comuniquen, los anhelos de las mayorías... Y seguramente habrá más alegrías que tristezas, y no solamente los domingos.

Tal vez, sea así. Sin embargo, uno siempre espera, casi religiosamente, que esa doble dimensión que tiene el fútbol como constructor de narrativas nacionales y simultáneamente como núcleo articulador de identidades locales, nos restituya, una vez más, resituado, al Diego de las calles de Fiorito...
 
 
 
 
 
 
 
 
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