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28.07.2010 | MEDIOS Y COMUNICACION
Pulitzer, periodismo y política
Discutir sobre independencia del periodismo o sobre periodismo y política es tema de la Argentina actual. Parece sin embargo algo lejano a quienes son considerados iconos del periodismo como Pulitzer. Marcelo García y Luis López se atreven a desandar el mito.
Criticar el concepto de independencia periodística es tanto un ejercicio de actualidad como de historia. El periodismo puede y supo ser un fin en sí mismo o un medio para algún fin otro. En la pregunta late el corazón del debate que se ha desplegado, carnal, en la Argentina del último año. Pero ese debate dista de ser una excepcionalidad argentina.

En el día a día vernáculo abundan los ejemplos de medios para fines últimos, diferentes o aledaños al deseo de brindar sólo información veraz. Pero también los hay en las más inmaculadas de las historias, aquellas que hacen a las mitologías “universales” que sirven de argumento a quienes ven todo desviado en casa y todo derecho afuera. La última muestra es la nueva biografía de un icono del periodismo moderno: Pulitzer: A Life in Politics, Print and Power (HarperCollins, 2010).

La biografía de James McGrath Morris muestra a un Joseph Pulitzer complejo, mitad editor, mitad político (o viceversa), más ético en su discurso que en su acción, y más modernizador en las formas que en la misión de la profesión. “El World debería ser más poderoso que el Presidente”, se lo lee decir sobre su diario más famoso y, quizás, el más influyente de la historia estadounidense. “Preferimos el poder a las ganancias”, dice en otro pasaje. A su muerte, en 1911, William Hearst –-discípulo y competidor– dijo: “Para Pulitzer, el diario no era sólo una máquina de hacer dinero, sino un instrumento de voluntad y poder”.

Pero según pasan los años, el apellido Pulitzer es sinónimo de periodismo de calidad, tanto como Nobel de premios a las ciencias y a la paz. Pero de la misma forma en que, de no ser por los premios, Alfred Nobel quizá sería recordado hoy como “el comerciante de la muerte” que inventó la dinamita, Joseph Pulitzer estaría menos asociado a una prestigiosa facultad de periodismo (Columbia) y a los premios de excelencia que llevan su apellido que a una forma de hacer periodismo: ésa en la que un diario era apenas un medio para el fin último: hacer política primero y fortuna después.

En tiempos de Pulitzer (1847-1911), periodismo y política eran caras de una misma moneda. Se trataba de intervenir en la vida pública con el objetivo de influir en las políticas del Estado. Y nadie se escandalizaba por eso. El mismo Pulitzer, un inmigrante proveniente del Imperio Austrohúngaro de origen judío, intuía que su ascenso social en el nuevo continente sería a través de la política. Aun como “periodista”, Pulitzer fue electo en dos oportunidades, una por el Partido Republicano y otra por el Partido Demócrata. El periodismo era para Pulitzer, dice el biógrafo, una forma de hacer política por otros medios.

Luego vino el legado, o la construcción del mito. Igual que Nobel, Pulitzer se desvelaba por las líneas que ocuparía en los libros de historia y en los manuales de periodismo. A partir de una disputa sin cuartel entre Pulitzer y Hearst por el control del mercado periodístico neoyorquino, ambos se reputaron como los creadores del periodismo amarillo (o “cloacal”, gutter journalism). Nobel donó 31 millones de coronas suecas de su fortuna armamentística para la instauración de los premios. Pulitzer reservó dos millones de dólares para la creación de la escuela de periodismo y los premios en la Universidad de Columbia. Una cita de Pulitzer es ahora la antorcha que ilumina la misión de Columbia: “Nuestra república y su prensa se elevarán o caerán juntas”. Hearst, que no tuvo esa visión, corrió otra suerte: quedó en la historia como la musa inspiradora del inescrupuloso “Citizen Kane” de Orson Welles.

Las historias hablan del hoy. En Estados Unidos, redescubrir a Pulitzer ayuda a preguntarse por el futuro de los diarios –al menos en formato papel– y por la adaptación del lenguaje periodístico a nuevas realidades sociales y tecnológicas. Hoy Pulitzer twittearía, dice el biógrafo. Pero también lleva a la inevitable comparación entre los Pulitzers de ayer y los Rupert Murdochs de hoy. A la luz de nuestros propios debates –más atrasados o más evolucionados, según se quiera mirar– quizá sea más jugoso que la historia de Pulitzer y su tiempo ayude a recuperar algún dejo de mirada decimonónica para la relación entre el periodismo y la política, así como lo hizo el rescate de la figura de Mariano Moreno en el jubileo del Bicentenario. Y saber –porque muchos lo necesitan para validar sus posiciones– que hasta en la tierra de la primera enmienda se discuten estas cosas. Los mitos, estas cosas.
 
 
 
 
 
 
 
 
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